Un Nobel que ayuna: Mario Vargas LLosa

La práctica de una disciplina china derivada del Tai Chi enseña a alcanzar equilibrio y sosiego con sus movimientos lentos y espaciados, y confirma que no sólo en el arte la forma crea el contenido. Mario Vargas LLosa es de marzo de 1936. Tiene 78 años.

 

 

 

EL AYUNO SEGÚN EL NOBEL VARGAS LLOSA

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Hace 27 años, Patricia y yo venimos a ayunar cada verano en una clínica de Marbella. Lo hicimos la primera vez por una amiga que hablaba con tanto entusiasmo de la experiencia que nos picó la curiosidad. Nos gustó y no podríamos ya privarnos de estas 3 semanas de agua, ejercicios, natación, caminatas y sopitas. Algo bueno debe tener el ayuno cuando su práctica forma parte de la historia de todas las religiones occidentales y orientales. Pero, tal vez, asociarlo estrechamente a lo espiritual lo recorte demasiado y lo desnaturalice. Si se trata de entender o buscar los trances de los místicos, mejor leer a Santa Teresa de Ávila y a San Juan de la Cruz que venir a la Clínica Buchinger. En mi caso, el ayuno tiene por finalidad desagraviar a mi pobre cuerpo de las duras servidumbres a que lo someto el resto del año.
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Perder los kilos que a uno le fastidian es una de las buenas consecuencias del ayuno, pero de ninguna manera la más importante. La principal, me parece, es la sensación de limpieza y la ecuanimidad que suele alcanzar quien priva a su cuerpo de alimento y de este modo lo induce a alimentarse de aquello que le sobra. Para que ello ocurra el ayuno solo no basta; es preciso una intensa actividad física que estimule aquel proceso. Aquí hay ejercicios para todos los gustos, pilates, aeróbicos, montañismo, variedades de yoga. Si yo tengo que elegir una sola de esas actividades, me quedo con el Qi Gong.
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Me basta saber que es una práctica china milenaria, que en algún momento remoto se independizó del tronco común del Tai Chi y que, además de ser exactamente lo contrario de un “arte marcial”, de algún modo difícil de explicar, pero evidente para quien lo ejercita cada día, tiene íntimamente que ver con el sosiego individual y, como proyección máxima, con la civilización y la paz. Esos movimientos tan lentos y espaciados que al novato no le parecen de entrada más que una forma distinta de respirar a la que está acostumbrado. Mi mujer, por ejemplo, la impaciencia y el dinamismo encarnados, se aburría tanto en las sesiones que lo abandonó por otros deportes más belicosos. Una sesión completa de Qi Gong no dura más de media hora y está al alcance de todas las edades y todas las condiciones físicas, aun las más estropeadas.
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A mí me ha convencido. Al extremo de que me atrevo a soñar que si los miles de millones de bípedos de este planeta dedicaran cada mañana media hora a hacer Qi Gong habría acaso menos guerras, miseria y sufrimientos y colectividades más sensibles a la razón que a la pasión que -ya no es imposible- podría terminar despoblándolo.

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